Crónica de un atentado

JOSÉ MIGUEL CORTÉS EDO

“De lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso”

(Napoleón Bonaparte)

Quizás pudo ser el calor, aunque era otoño, ese tibio otoño jericano. En cualquier caso, la ventanilla del automóvil permanecía abierta. Avanzaba lento, muy lento, con la ventanilla fatídicamente abierta.

Fue allá por los autárquicos años cincuenta cuando aquél Recio Caudillo de todas las Españas se dignó atravesar nuestro pueblo por la N-234 camino de la inmortal Zaragoza.

Pancartas, honor de multitudes, adhesiones inquebrantables, ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco! En primer plano, en la cuesta de Zalón, junto al abrevadero, primeras autoridades civiles y militares acompañadas de nuestra muy galardonada banda de música.

Tuvo a bien la providencia que la encargada de entregar el ramo de flores a S.E. fuera una moza treintañera, que había adquirido suficientes méritos, a su paso por el Auxilio Social, como para ser digna de tan honorable labor. O a lo mejor la culpa la tuvo el empecinamiento de la galana, despechada por el fugaz paso del Caudillo, el cual no quiso complacerse en parar a recoger el floral obsequio; su tránsito fue efímero, presto, como una suerte de Mr. Marshall de película de Berlanga.

El caso es que la referida mujer, en un acto de arrogante fe, arrojó por la ventanilla del automóvil el ramo sobre el regazo del ilustre viajero. Y fue entonces cuando aquel hombre, al cual no le había temblado el pulso dirigiendo los destinos de la Patria, exasperó el rostro, conmocionó el cuerpo.

No, no era una bomba, pero podía haberlo sido.

La reacción fue inmediata: la aguerrida Guardia Mora quiso compensar tamaño descuido con una despiadada carga, de la cual nadie de los presentes en lo que se presumía iba a ser un solemne acto salió indemne. Anacrónicamente para aquellos tiempos, se democratizó el dolor, se distribuyeron los mamporros con una equidad de la que no pudo escapar ni el Sr Alcalde, quien necesitó árnica durante varios días; tampoco los músicos, ni alguno de sus instrumentos, cuyas abolladuras dejaron testimonio en todos los pasacalles y procesiones del furor represivo hasta mucho tiempo después. ¡Pobre Sr Alcalde! ¡Pobres músicos! ¡Pobres viandantes!: su único delito había sido ser paisanos de tan impetuosa dama, o quizás tener un Caudillo tan celosamente protegido, aunque eso ya se sabía. 

Fastos, galas, himnos de alabanza, para al final terminar escribiendo una de las páginas más esperpénticas de nuestra historia local.

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