La historia de mi tío bisabuelo

Mi anhelado viaje. Técnica mixta. 81x140 cm. 2024

ROSA PÉREZ LUCAS

Hoy os voy a contar una historia que se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, cuando una pareja de jericanos llamados María Sorribes y Eduardo Gil, tuvieron seis hijos. Pero de entre todos ellos me voy a centrar en uno, en Eduardo. ¿Que quién es? Para que te sitúes te diré que era el hermano de mi bisabuela Maximina.

Eduardo era un joven que ya por aquel entonces ayudaba a la familia cercana en la tienda de ultramarinos, esa que estuvo en Historiador Vayo 18 hasta hace algunos años. Pero ese joven, además de culto, era demasiado inquieto y con un alma irremediablemente aventurera. Y un día pasó como en el chiste. No se fue a por tabaco, pero se fue a València a comprar mercancía, y ya no volvió; al menos durante una larga temporada.

Los familiares y vecinos del pueblo no sabían qué le podía haber sucedido, se había esfumado sin dejar rastro, por lo que finalmente se le dio por desaparecido.

Pero el mundo, por inmenso que parezca, es como un pañuelo y la vida casi siempre nos tiene reservadas algunas sorpresas.

No fue hasta varios años después cuando otros jericanos, «Los Cortinas», viajaron a México, encontrándose allí a Eduardo.

Parece ser que aquel día que debía recoger la mercancía en Valencia, el destino le presentó la ocasión de una nueva vida. Y así, de la nada, comenzó su aventura como polizón en un barco. Tras varios puertos, se estableció en el nuevo continente, donde supo aprovechar su estancia, llegando a amasar una pequeña fortuna. Fuera como fuera, el encuentro con «Los Cortinas» aceleró su regreso.

Su compromiso con la educación y con el pueblo lo impulsaron a invertir, mejorando varios edificios, favoreciendo y ayudando a la familia.

Una de las inversiones que Eduardo realizó, promovido por su hermana Amelia, maestra ejemplar y directora del colegio del pueblo, fue la construcción de un parvulario en el patio de las antiguas escuelas. Un espacio para la enseñanza de los más pequeños que dotó con lo más puntero del momento. Lamentablemente pocos años después, la guerra civil lo convertiría a escombros. Pero su labor y compromiso en la enseñanza, al igual que la que tuviera su hermana Amelia, valió para que, pasados los años, la escuela de Jérica adoptara el nombre de Hermanos Gil Sorribes.

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